El joropo central no es solo música; es una prueba de resistencia, disciplina y sentimiento. Así lo demuestra la trayectoria de Williams Andrade, un baluarte de nuestra cultura mirandina que, en una entrevista exclusiva para “Ritmo y Relato”, compartió las vivencias que forjaron su camino desde las madrugadas de espera hasta convertirse en un referente del género.
De la espera al protagonismo
El camino de Andrade comenzó con la paciencia de quien sabe que el talento debe esperar su turno. Siendo apenas un niño, Williams debía aguardar en los bailes hasta las 5:00 de la mañana para recibir un “chance” frente al arpa. Bajo la estricta mirada de promotores y la sombra de maestros como Silvino Armas, Juan Espinoza, Pancho Prin y Pablo Pérez, el joven artista aprendió que el respeto por la escena se ganaba con constancia.
Lecciones de maestros: fuerza y nobleza
Su formación no solo fue técnica, sino espiritual. Andrade recuerda con especial afecto los consejos que definieron su estilo:
- Dionisio Bolívar: Le enseñó que el arpa se toca con ganas y fuerza, pero advirtiendo que, por ser un instrumento noble, siempre debe tratarse con cariño.
- El Profesor Villamizar: Fue quien sembró en él la semilla de la humildad, instruyéndole a “trabajar con el pecho” para proyectar la voz con autenticidad.

Una carrera de hitos discográficos
A los 18 años, Williams alcanzó lo que para muchos era un sueño inalcanzable en la época: su primer contrato profesional con el sello Paso Real. Posteriormente, dejó su huella en casas disqueras como Combo Récord y Fortuna Musical, hasta llegar al desafío que supuso grabar con Sonográfica. Entre sus recuerdos más preciados destaca su trabajo con el Grupo 123 y Fuera, una experiencia que consolidó su versatilidad.
”La Cama Vieja” y el bautizo de un apodo
Aunque ya sumaba 28 años de maestría como arpisto, el destino le tenía preparada una sorpresa en el canto. El tema “La Cama Vieja” fue el detonante que lo lanzó a las pistas como intérprete, enfrentando críticas iniciales de colegas y del público. Sin embargo, su fe y perseverancia silenciaron las dudas.
”Dios es el proveedor de todo. Siempre he sido perseverante en lo que me propongo”, afirma Andrade al recordar cómo se ganó el apoyo mayoritario del pueblo tuyero.
Fue en esta evolución donde nació su distintivo apodo. César Leal lo bautizó inicialmente como “El Luciteño” cerca de 1989, pero fue alrededor de 1993, al comenzar a trabajar con Mario Díaz, cuando el nombre evolucionó a “El Recio”, un título que hoy lleva con orgullo y que define la potencia de su ejecución.

La esencia del Joropo Central
Para Williams Andrade, la diferencia de nuestro joropo radica en su particular métrica y síncopa, un ritmo complejo que pocos géneros poseen. Es una danza donde cada bailador imprime su estilo personal, pero siempre manteniendo la esencia viva de la tradición.
Con una carrera construida sobre la base del esfuerzo y la nobleza del arpa, Williams Andrade sigue siendo un testimonio vivo de que el Joropo Central es, ante todo, un relato de identidad que se escribe con el corazón.


