La bailadora caraqueña repasa su trayectoria, sus referentes y la autenticidad que la impulsa a defender el joropo central a capa y espada.
El arpa de metal suena con fuerza. Yosmar Hernández pisa la pista con firmeza. Ella no heredó el joropo por la sangre. La vida la empujó a la pista desde muy pequeña.
Nació en Caracas el 19 de agosto de 1982. Creció en Maturín desde el año y medio hasta los 12 años. Luego regresó a la capital en su adolescencia. Sus padres salían a las parrandas cada fin de semana. Ella iba con ellos para no quedarse sola en casa.

Dormir sobre una mesa era muy incómodo. Por eso decidió aprender a bailar muy rápido. Prefería el taconear antes que sufrir el sueño en una mesa de madera.
Aprender en una semana y debutar sin miedo.
Milagro Herrera marcó su vida para siempre. Ella le enseñó una regla de oro con mucha claridad. «Mientras sientas que algo quieres, ponle mucho esfuerzo, empeño y positivismo». Esa frase la guía cada vez que se siente triste o agobiada.
Su hermana Piri Zay le mostró los primeros pasos. Yosmar aprendió a bailar en solo una semana. El día de sus 14 años llegó su gran debut. Cayó un domingo en la Casa de Acción Democrática de la Calle 10 de El Valle.

Pasadas las siete de la noche corrió con su hermana hacia el salón. Bailó su primera pieza con un señor mayor. Sonaban El Marañón de Miranda y Juan Carlos Aponte. En ese instante no sintió miedo ni pena. Disfrutó cada segundo de su primera pieza sin mirar atrás.
El salto a los escenarios tuyeros y la memoria del gremio.
Los Valles del Tuy abrieron sus puertas para ella. Participó en eventos de Santa Rita y el Club El Lago de Santa Teresa del Tuy.
También formó una gran llave de baile con Franklin Hernández, el recordado «Oso Mayor».
Al principio usaba faldas largas al estilo hindú. Su vestimenta desafiaba las normas tradicionales de la época. Con los años cambió su indumentaria hasta consolidar su estilo definitivo en el circuito cultural.

El bautismo del pueblo: El origen de «La China»
Caracas vivía una época dorada de parrandas y bailes. La ruta obligatoria incluía las fiestas de Nueva Granada. Allí cantaba frecuentemente El Loro. En esos espacios nació su famoso apodo.
La maternidad frenó sus salidas durante varios años. La pista quedó en silencio por un largo tiempo. Un día el cultor Richard Guzmán recordó el viejo apodo en tarima. Su madre insistió tanto que el nombre revivió con fuerza.
El gremio entero la adoptó de nuevo. Para algunos es simplemente «La China». Cultores como «El Babo» la llaman con respeto «La China de Miranda».
Resiliencia, mensaje y legado.

Hoy defiende su música a capa y espada. Su familia y su nieta son su motor diario. Ella no busca aplausos falsos ni halagos vacíos en cada presentación.
«No espero que me halaguen por adular, sino que simplemente expresen lo que yo les he transmitido en cada evento. Que sean transparentes, que lo que digan de mí sea porque de verdad lo sienten, no por compromiso ni por quedar bien».
El repique del arpa continúa sin descanso. La historia de «La China» late con fuerza en cada rincón tuyero. El joropo central vive gracias a su temple y su verdad.


