Jhovanny Flores: el eco del repique tuyero que nació en la pista
Por Carlos Liciaga
11 de agosto de 2026
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Hay hombres a los que el joropo no les llega por casualidad ni por afición tardía. Se les mete en los huesos desde el primer llanto. El 29 de diciembre de 1987 inició esta historia. En Ocumare del Tuy, la madera del zapateo es lenguaje cotidiano. Jhovanny Argenis Flores Corrales halló la tradición en el piso de su casa cuando recién aprendía a andar.
”El joropo central no llegó a mi vida; yo nací en él. Provengo de una familia en la que el arpa y las maracas son el pan diario. Llega la convicción de quien lleva la estampa tuyera marcada en el pecho. A los cuatro años, cuando otros niños apenas empezaban a soltar los juguetes, yo ya estaba marcando los primeros pasos. Todo ocurrió en la casa de mi abuela. No fue una clase que tomé ni algo que descubrí: es mi herencia, mi sangre”.
Esa infancia rodeada de bordones y canturías fue la escuela previa a la gran pista. Jhovanny creció mirando la solidez de los viejos bailadores. Observó con rigurosidad quirúrgica cómo las referencias de la época quebraban el suelo. Tuvo la dicha de atestiguar el despliegue de figuras como José Aponte “El Niño de Guatire”, Karlin Rondón, Elpidio García “El Che” y Briswell Ríos, dominadores absolutos de la “metralleta”, ese repique frenético que marcaba la época.
Sin embargo, la verdadera revelación estética le vino dada por la elegancia y el señorío. “Si hay un estilo que siempre me marcó y admiré profundamente, fue el del señor Carlos Palacios: un zapateado firme, elegante y completamente diferente al de los demás”. A esa estirpe suma el magisterio de Emilio Prin y la referencia documental del Maestro Magín Rodríguez. Ver a esa vieja guardia dominar el espacio con sobriedad y destreza encendió en el muchacho de Ocumare la llama indispensable para pulir su propio arte.
El talento precoz tuvo su prueba de fuego muy temprano. Corría su infancia cuando el golpe de suerte y la maestría se alinearon en una fecha decisiva: el bautizo de la producción discográfica Yustardi Laza Tuyero.
“Uno de los momentos más emocionantes y que guardo con un orgullo gigantesco fue cuando el maestro Yustardi Laza me invitó al Teatro Teresa Carreño. Para mí, que con apenas 11 años de edad pisaba por primera vez un escenario de tanto renombre, tan imponente y con tanta historia, fue una experiencia inolvidable. Sentir el aplauso desde ese escenario es un recuerdo que llevo marcado”.
Pero el aplauso en la gran sala no extravió al bailador de la realidad del patio. Para Jhovanny, la parranda no es un espectáculo de vanidades, sino un templo de códigos estrictos heredados de los antiguos. Entrar a un baile exige una etiqueta que no se negocia: respeto absoluto al arpista y su toque, al vocalista, a la compañera de turno y al público que observa desde la orilla de la pista. “De muchos he aprendido la humildad; entender que uno entra a la pista a entregar el corazón y a honrar la tradición, no a pasar por encima de nadie”, sentencia.
Ese rigor se traduce hoy en un sello distintivo dentro del panorama del joropo central: un zapateo de nitidez pulcra, donde la potencia no atropella a la compostura. Frente a la tentación del ruido y la aceleración desmedida, Flores propone un diálogo métrico con el instrumento.
“Yo defino mi estilo como un equilibrio entre la tradición y la elegancia. La clave no está únicamente en la fuerza de los pies, sino en sentir la música y estar con la mente abierta a lo que escuchan los oídos. Para mí el arpa habla por sí sola; ella te va guiando y te indica en qué momento el bailador puede aportar con su zapateo para que el sonido sea más sabroso. No se trata de zapatear por zapatear”.
En la planta de sus pies coexisten las distintas formas de la ejecución tuyera: desde el taconear asentado de peso histórico, pasando por el repique rápido, hasta la solidez técnica de la metralleta. Todo ejecutado sin perder la postura, manteniendo el torso firme y dejando que sea el oído —y no el afán de figuración— el que ordene el golpe. Jhovanny Flores camina la pista sabiendo que cada traba y cada recurso que entrega al suelo es, en esencia, la continuidad viva de la memoria de Ocumare.
Carlos Liciaga es Licenciado en Administración, aplicando su visión estratégica a la gestión cultural. Es un dedicado bailador y promotor del joropo central, una labor fundamental para la difusión y vigencia de este género tradicional.