Salud Salud Pública

Historias del Chemsex: Un problema de salud pública 

ANÓNIMO: Todo comenzó durante la pandemia de Covid-19. No tenía trabajo y empezó a vender lo que podía para sobrevivir. Lo echaron de su casa y acabó viviendo en la calle. Tenía contactos que se dedicaban a la venta de drogas. Hasta entonces nunca había consumido y arrastraba un fuerte estigma debido a las experiencias vividas con su padre, que era politoxicómano.

—¿Cómo supiste que tu padre consumía?

—Le veía fumar crack a mi lado.

—¿Cómo era esa niñez con tu padre?

—Mi padre se iba muchos días a robar, según me contaba mi madre. Luego, los domingos, iba al rastro a vender las cosas.

Estaba en un CAD y le daban Trankimazin. Los vendía a los chavales para comprarse las drogas que le gustaban, aquellas que eran más fuertes. Un Día del Padre lo atropelló un coche. No murió en el acto y consiguió llegar caminando hasta casa. Como siempre volvía borracho, no le hicimos mucho caso. Intentó contarnos lo que había pasado, pero no le creímos. Se acostó a dormir y nunca volvió a levantarse.

La autopsia reveló con el tiempo, que el golpe le había matado.

—¿Cómo se sentía tu madre?

—Mal, porque no pudimos hacer nada. Cuando le levantamos la cabeza, estaba violeta, tenía horas muerto.

—Me comentabas que la pandemia cambió muchas cosas…

—Estaba pasando hambre y tomé la decisión de comenzar a vender drogas.

Una noche llegué a casa de un hombre. Tenía mucho miedo; no sabía muy bien dónde me estaba metiendo. Aquel hombre me explicó cómo funcionaba todo y me enseñó lo que necesitaba saber. De alguna manera, se convirtió en mi mentor.

Tendría unos 40 años. Me contactaba a través de MACHOBB. Yo tenía 21 años por aquel entonces y recuerdo que nuestra primera reunión fue en un chill; habíamos quedado allí para conocernos.

Siempre me he considerado una persona muy observadora y me di cuenta de que él le compraba a otra persona. Entonces, empecé a investigar y encontré las páginas web donde se podía conseguir. Yo no tenía el dinero suficiente para hacerlo por mi cuenta, pero él sí.

Él compraba y se quedaba con una porción, mientras yo descubría dónde adquirirlo. En el proceso aprendí cómo eliminar intermediarios para no tener que pagar a tantas personas y así obtener una mayor ganancia.

Le pedí recibir una comisión en gramos y, además, una porción gratuita para mi consumo, aparte de mi ganancia.

Vendía unos 30 gramos al día. A 250 euros cada 15 gramos, eso suponía unos 500 euros diarios, hasta alcanzar los 15.000 euros al mes.

– ¿180.000 al año?

– Se ríe

– En dos meses ya podía comprar directamente para mí. Aprendí mucho de él y, para no ponerme en riesgo, pagaba a otras personas, que se encargaran de la distribución. Me volví una empresa. Vamos, la verdadera estafa piramidal.

—Mencionaste que nunca antes habías consumido ninguna sustancia. ¿En qué momento decidiste cambiar eso?

—Vi que a todo el mundo le gustaba lo mismo que yo vendía. Era algo que estaba ahí todo el tiempo, no lo pensé demasiado. Simplemente empecé a pincharme.

Una tarde, estaba con un amigo que me decía que, si no lo había probado, que no pasaba nada, que no era tan grave como lo pintaban. Todo era muy rápido, muy normal dentro de ese entorno.

Sin darle muchas vueltas, lo hice.

Al principio fue una sensación de desconexión total. Como si de repente todo se apagara por dentro y, al mismo tiempo, todo fuera demasiado intenso. El cuerpo iba por un lado y la cabeza por otro. Había una especie de empuje, de energía artificial, una sensación de poder que no era real.

No sentí miedo. Al contrario. Me gustó. Me enganchó esa forma de desaparecer de todo lo demás, en unos segundos había olvidado todo lo que me preocupaba.

Se había borrado de mi memoria el día en que vi a mi padre drogarse, había olvidado las veces que esperé, con hambre, a que regresara a casa. Había olvidado los gritos, los insultos —«maricón»— y los rechazos. Todos los «no»: en el colegio, en la calle, en las aplicaciones para ligar, había olvidado mis complejos, todo lo que me dolía desapareció.

Estaba en una cama con el más chulo del chill, con el más guapo. Me decía que me quería, me abrazaba, me besaba. Y yo lo creía.

Mi pecho iba a mil, las manos me temblaban, el cuerpo no me pertenecía del todo, pero, por primera vez en mucho tiempo, no importaba.

—¿Cuándo te diste cuenta de que esto se había salido de control?

—Pagaba a demasiadas personas, como si fueran empleados. Yo no salía a la calle para no arriesgarme. La recibía en mi casa, llamaba a alguien y esa persona se encargaba de todo. Uber de ida, Uber de vuelta y comisión, que variaba. Llegué a pagar 500 euros, más Uber y comida. No había nadie que no se drogara durante todo el proceso.

Yo ejercía un control con la droga y el dinero, lo mismo que me hicieron a mi, comencé a hacerlo yo, me aprovechaba del típico chaval que necesitaba el dinero para sobrevivir.

Me di cuenta de que se me estaba yendo de las manos cuando vi que tenía dinero por todos lados en casa y no tenía vida. Primero, porque no podía salir a la calle, por miedo a la policía.

Otra cosa que no podía hacer era salir sin droga, salía con 20 gramos para mi consumo propio. No es un trabajo fácil, es rápido, pero no fácil. Estaba 24 horas pendiente del móvil, dormía muy poco y tenía que drogarme para mantenerme despierto, era un círculo. Si me llamaban en diez minutos tenía que estar en cualquier lugar llevando droga.

Yo no entré en esto porque quise, a mí me obligaron a parar las circunstancias. Tenía una pareja que  también se convirtió en  mi socio, y que llegado el momento me incitó a irme de Madrid para ver a mi madre, dejándolo a él a cargo. Un día me llamó y me dijo  que la policía rondaba mi casa, que no podía venir. Esta situación duró siete meses.

Un día cogí un vuelo y volví a Madrid. Entonces descubrí que me había robado todo. Intenté buscar ayuda de gente que supuestamente eran mis amigos y todo el mundo me dio la espalda. Todos mis amigos se resumen a ese mundo y me di cuenta de que era una mentira, hasta mi pareja se había convertido en un ladrón.

—¿Qué crees que ha cambiado hoy?

—Primero, mi salud. Hoy por hoy soy feliz. Antes era un fantasma de mí mismo, me di cuenta de que el dinero no sirve para nada, yo nunca diría que era una mala persona; creo que me aproveché de la situación. La desgracia de unos es la oportunidad de otros.

Yo veía a personas que estaban en la miseria y las metía en el negocio para que pudieran sobrevivir, debido a su contexto, de cualquier manera esas personas acabarían mal.

—¿Te arrepientes de algo?

—Sí. De no haber sido más hijo de puta. Yo estuve para todo el mundo, y aunque lo que hacía no era lícito, siempre que me necesitaron estuve ahí. Dinero para familiares, dinero regalado, etcétera. El día que necesité un favor no pagado, nadie estuvo.

A mí me gustaba ayudar a la gente, aunque fueran cosas malas. Era la forma que tenía de hacerlo. La vida me demostró que salí a tiempo, mi ex, el que me hizo todo lo anterior, murió un año después.

Nunca más pude usar las sustancias para el sexo,  no aplicaba porque no tenía tiempo. Tenía 40 camellos trabajando a todas horas, compraba amistad, cariño, sexo… pero sinceramente ya no era la prioridad.

Al día de hoy intento que nadie que esté a mi lado se sienta mal, busco alejar a la gente de las sustancias, les cuento la realidad de las cosas. No prometo no volver a drogarme, pero si a no perder el control y no llevar a nadie a que lo pierda.

Hasta hace poco no podía ponerme una camiseta por miedo a las cicatrices, producto de las infecciones causadas por los pinchazos; ni mucho menos sonreír. Hoy puedo hacer ambas cosas. Y a quien me pregunta, se lo cuento yo mismo, para que nadie más tenga el poder de hacerme daño con esa información.

Las razones por las que las personas llegan al chemsex son diversas, pero sus consecuencias trascienden lo individual. En países de Europa, las autoridades sanitarias lo consideran un problema de salud pública debido a su asociación con trastornos de salud mental, dependencia de sustancias, infecciones de transmisión sexual, sobredosis y situaciones de vulnerabilidad social. Los servicios especializados han registrado un aumento sostenido de personas que buscan ayuda relacionada con estas prácticas, reflejando una realidad compleja en la que se entrecruzan la soledad, el estigma, la exclusión y el consumo problemático de sustancias.

En Venezuela, aún no tenemos datos sobre este fenómeno, pero esto podría deberse a que no existe un registro ni información disponible para nuestros profesionales de la salud mental y centro de atención a las adicciones.

Fotografía: Oswaldo Vegas Aru

Caso: Secuelas cutáneas derivadas de infecciones secundarias asociadas al consumo de sustancias por vía parenteral.

H. Oswaldo Vegas Aru

H. Oswaldo Vegas Aru

About Author

Comentar

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

También puedes leer

Gatacronos Salud

Sarahí Piñate devela la verdad detrás del “Boom” de las Grasas Saturadas

Ante el creciente fervor por las grasas saturadas en redes sociales y dietas de moda, la licenciada en Nutrición, Sarahí
EN BIO Salud

Hipnosis: entre mitos y realidades (I)

¿Sabías que a lo largo del día, te puedes encontrar en estado de Hipnosis sin percatarte de ello? La Hipnosis