Con 46 años recién cumplidos y más de dos décadas de trayectoria, el reconocido fotoperiodista venezolano reafirma que la fotografía no es solo técnica, sino un puente de servicio, empatía y pasión humana.
Dicen que hay una gran diferencia entre simplemente «mirar» y aprender a «observar». Para Moisés Quintero, esa diferencia ha sido la brújula de toda su vida. Al alcanzar sus 46 años de edad —celebrando exactamente la mitad de su existencia dedicada a la fotografía profesional—, Quintero se consolida no solo como un fotoperiodista de referencia, sino como un creador cuya vocación principal es servir y tender la mano a los demás a través de su arte.

El origen de una mirada
La historia de Moisés con las cámaras no comenzó en una academia, sino en el calor del hogar. Creció rodeado de los equipos analógicos de sus tíos y de su abuelo materno, ambos fotógrafos aficionados. Fue precisamente a los 12 años, en 1992, cuando la chispa se convirtió en vocación: durante un paseo por el centro de Caracas junto a su abuelo, tomó en sus manos una clásica Leica M3 para capturar su primera imagen.
Poco después, su padre, Guillermo Quintero, le regalaría su primera cámara propia: una Kodak de rollo 35 mm que aún conserva como un tesoro. «Significó el comienzo de una vida llena de aventuras y viajes; siempre la tenía conmigo», recuerda Moisés con nostalgia.

Fotografía con sentido social y valor humano
Con 23 años de carrera ininterrumpida, Moisés sostiene que su verdadero propósito de vida es ayudar a las personas a través de sus imágenes, algo que le «llena el alma de felicidad». Para él, la empatía y la crianza basada en valores familiares son el motor fundamental detrás de cada encuadre.
Su trabajo lo ha llevado a presenciar realidades conmovedoras que han marcado su carácter. Recordó con emoción su paso a los 33 años por la unidad de niños quemados en El Junquito, una experiencia de profundo aprendizaje sobre el valor de la vida que jamás ha podido olvidar. Asimismo, su labor frente a eventos de gran impacto social —como las coberturas del doble terremoto en La Guaira o el trabajo en calle durante momentos convulsos del país— le ha enseñado que «ser fotoperiodista no es para todo el mundo» y que la fe y la fortaleza son clave para mantenerse en pie.
Sin embargo, en el día a día o al retratar el deporte y la cultura, Quintero busca siempre romper el hielo con amabilidad, sacar una sonrisa desprevenida y regalar confianza a quienes se posan frente a su objetivo. «En el deporte o en el arte me identifico de inmediato con la entrega y la pasión del deportista o del artista, porque es la misma pasión con la que yo trabajo», afirma.
La complicidad, las anécdotas y el verdadero legado
Entre la adrenalina de las pautas periodísticas y la camaradería con sus colegas fotógrafos —donde destaca que la unión siempre estuvo por encima de las dificultades—, Moisés guardará siempre anécdotas memorables. Entre risas, recuerda el día en que le tocó cubrir una boda a sus 38 años donde el novio tardó dos horas en llegar al altar completamente ebrio, sostenido por los padrinos, regalándole una jornada tan insólita como divertida que hoy forma parte de su repertorio de historias.
Al ser consultado sobre el significado de su profesión, Moisés sintetiza más de dos décadas de clics en una sola palabra: «Vivir».
Hoy, con la madurez de sus 46 años y el entusiasmo del joven que empezó hace 23, su sueño más íntimo sigue estando ligado a sus raíces: capturar un retrato en blanco y negro de sus padres y su hermana para imprimirlo en gran formato y colgarlo en el corazón de su hogar.

Para las nuevas generaciones que se inician en este mundo, el mensaje del experimentado fotógrafo es claro: «Esta profesión requiere amor y pasión verdadera. Prepárense, lean, estudien, pulan el ojo y aprendan a observar, porque observar va mucho más allá de simplemente mirar».


