Hay cantadores que miden su valor por el aplauso. Otros prefieren medirlo por la calidez de un abrazo. Ismael Vargas pertenece a este último grupo. Él encarna la humildad del artista popular. Su voz es tan grande como su calidad humana.
Raíces y linaje de cantador.
Su historia empezó el 5 de abril de 1963. Nació en el Hospital José Rangel de Villa de Cura. Su padre también fue cantador de joropo. Él compartió tarima con Salvador Rodríguez y el Ciego Saturno. Ismael heredó ese legado de la vieja escuela.
A los 19 años debutó frente al público joropero. Su pecho estaba lleno de coplas campesinas. Ese día asumió el compromiso con la tradición.
“Mi primer baile lo canté en el club El Guayabo. También canté en Los Bagres, en el Valle del Tucutunemo”, recuerda el artista. “En esos tiempos hice llave con el arpista ‘El Negro’ Pérez. Hoy canto junto a Robertico Rodríguez. Ya cumplo 43 años de vida artística”.

Los apodos del pueblo aragüeño
Cuatro décadas de parranda dejan huellas imborrables. En la radio y los bailes nacieron sus apodos. Víctor Bonaci, “El Carnalito de Aragua”, lo bautizó como “El Popular Moño Blanco”.
Luego vino su segundo seudónimo. El locutor Santo Castillo lo nombró “El Matatán de Aragua”. El pueblo adoptó ese título con respeto inmediato.
Respeto absoluto por el parrandero
Detrás del apodo está la calidad del ser humano. Ismael prefiere hablar con el canto y la sonrisa. Sin embargo, sus principios son claros y firmes.
“Hay que ser humilde con el público joropero. Nunca debemos decirle que no a la gente. Hay que acompañarlos hasta que salgan a su destino”, afirma el cantador.

Esa es su regla de oro en cada fiesta. Él no tiene prisa por retirarse del lugar. La parranda termina cuando el último parrandero regresa a casa. Ismael Vargas cuida la tradición con la voz y el corazón.


